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Maníaco





I.

lo mejor de estar aquí
es que ya estuve allá
hombre que arde rápido
hombre que busca
hombre lleno
hombre que pierde y recuerda mujeres
hombre que convierte mujeres en hojillas
y luego se las come
ilusionista
que las inventas
y te expones
como en un show

II.


ellas no te quisieron
ni las querías
eso era todo
no hacen falta tus rezos de amor
conmigo
que quise inventarte
y arreglarte
que sería escribirte como yo te veo
hacerlo bien
y convencerte
que sería obligarte a ser quien sé que no eres
hasta que te duela y te partas
antes que yo
 
que es lo mejor que puede pasarte


III.


maníaco
horrible es tu talento
un peligro
en eso vamos en igualdad de condiciones


IV.


me he detenido a reclamar aliento
porque estoy arrecha
y celosa
de celo
           también
quizás sea eso


V.


no me da miedo querer y perder
no me interesan más amigos
para ambas necedades
a h o r a
tengo un perro.

A ciglio asciutto



No vayan a creer que ando buscando lecturas conmemorativas. Lo que pasa es que me las encuentro. En el Día del Escritor, me pareció  apropiado el siguiente texto.  Me lo encontré anoche, cuando aún no sabía que hoy se celebraba el Día del Escritor. En serio. 
Apenas me felicitaron supe que lo más importante era jugar con el blog. Llegar de clases, corriendo, y postear las palabras de Italo Calvino, según las recuerda Manuel Muchnik:

 "¿Leíste Tiempo Cero?", le pregunta Calvino. "Sí, Italo, tú sabes que tus libros me interesan, pero déjame que te diga una cosa, si no te importa". Mario Muchnik todavía no era editor, era físico. "Me divirtió, sí, como las Cosmicómicas, pero todos estamos esperando de ti una gran novela, como El barón rampante. Entonces Calvino se pone serio, se ve que se está cabreando y dice: "¿Y por qué se espera eso de mí? ¿Por qué debo escribir una gran obra? A lo mejor ya escribí mi gran novela. ¿Dónde está escrito que yo pueda escribir cada vez mejor? A lo mejor ya he escrito todo lo que tenía que escribir, a lo mejor todo lo que escriba de ahora en adelante va a ser peor. ¿Quién te dijo a ti, quién le dijo a nadie, que las cosas, que el mundo, deben ir cada vez mejor? A lo mejor las cosas tienen que ir a peor, van a peor, el mundo no progresa sino que regresa. Y sabes una cosa, Mario, es que vaya como vaya, no hay que derramar una lágrima. A ciglio asciutto, con las pestañas secas". La conversación terminó, y tan amigos. (1)

Feliz día del escritor, a quien escribe.

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(1) Extracto de Cenar con Mario Muchnik, de Juliana González-Rivera, para Revista Malpensante.

Mientras tanto (3)

Fragmentos del texto de Alma Guillermoprieto, leído en la clausura del Foro Centroamericano de Periodismo 2011, organizado por el diario virtual El Faro. Vía: Revista Malpensante (n°120)

Nunca he sido de los que creen que el periodismo sirve para cambiar el mundo. Mi experiencia personal es más bien que el periodismo sirve para muy poca cosa. Después de ese viaje a Cinquera escribí puntualmente lo que ví y escuché (...) Con el tiempo fuimos cientos los periodistas que desde Nicaragua, desde El Salvador, desde Guatemala, describimos para el mundo atrocidades sin límite, día tras día, año con año, y ni se detuvieron las matanzas ni se paró la guerra, ni hubo un muerto menos como consecuencia de nuestro trabajo.

(…)

Déjenme aclarar, además, que tampoco creo que tenga obligación alguna de hacer, o ser, o creer, cualquier cosa. No creo que los intelectuales tengamos la obligación de dar testimonio de nuestro tiempo, ni los artistas la obligación de reflejar la realidad en su arte, ni siquiera los obreros la obligación de tener conciencia de clase. Ni los chicanos de hacer estudios chicanos ni los mexicanos de bailar el jarabe tapatío, ni las tamaleras de cocinar tamales enraizados en su auténtica tradición cultural. No soy militante, y creo firmemente en un periodismo alejado de todos los ismos. No creía lo mismo cuando llegué por primera vez a este país, por cierto. Es una convicción ganada a pulso. ¿Para qué, entonces, hacer periodismo? A falta de militancia y en ausencia de la obligación moral en abstracto, ¿por qué seguir en el oficio?

En mi caso personal, para satisfacer una curiosidad inagotable, para entender el mundo, o la porción del mundo que me ha sido dado ver, y para vivir una aventura maravillosa (…). Para mí –hablo solamente por mí–, una parte importante de esa aventura es el placer de la mirada, el placer del asiento en primera fila ante el gran teatro del mundo (…) Pero a esa mirada, que es quizá la principal herramienta de nuestro oficio, toca pulirla, refinarla, cultivarla, disciplinarla.

Voy a tratar de ser un poquito menos lírica y más clara(…) La objetividad no existe. Cada uno de nosotros llega al lugar de la reportería desde su propia historia, y llega con su propia personalidad, y con todos sus conocimientos, o falta de ellos, y todas sus ilusiones o prejuicios a cuestas. Lo que le transmitimos a nuestra lectora inevitablemente reflejará quiénes somos y de dónde venimos. (…) Entonces, para poder equilibrar, es importante saber quiénes somos, conocernos a nosotros mismos, reconocer los prejuicios y las pasiones con que salimos a reportear. No ser objetivos, puesto que es imposible, sino equitativos, y decir, implícitamente: “Lo que ustedes están leyendo no es la realidad, es mi experiencia de la realidad el día de hoy, y he tratado de presentarles, lo mejor que pude, una visión completa de ella”.

En lo que a veces llamamos crónica y otras veces narrativa no-ficción hay mucha más libertad para dejar clara nuestra presencia a través del uso de la ironía, de los adjetivos y los adverbios, del humor, de aquello que llamamos la voz de la autora –o sea, la manera característica en que narramos lo que nuestros ojos vieron– (…) Todo está en la voz, que algunos llamarían estilo, pero que yo prefiero llamar voz. El estilo parece una cosa superpuesta, adquirida, como un abrigo muy fashion, pero la voz refleja lo que somos y lo que sentimos.

(…) un buen editor sabe enseñar a sus reporteros a reírse de sí mismos con cariño y sin sacar sangre, y (que) los editores que se apasionan tanto como su autor por un texto son colaboradores indispensables de un buen reportaje. Y otra más: todos sabemos que en América Latina los buenos editores son más preciosos que un rubí y mucho más escasos. He aquí tal vez la gran ausencia que hay que suplir para lograr que el periodismo latinoamericano dé el gran salto hacia la madurez. Hacen falta grandes dueños de medios –dueños idealistas, apostadores, arriesgados, patriotas, inclaudicantes, sagaces, implacables, soñadores y buenos para la grilla–. Y hace falta que nombren editores de su mismo talante y que les den vía libre para hacer el periodismo del mañana. En papel o en virtual, poco importa el medio. (…) Aquí estamos todos discutiendo no solo cómo hacer mejor reportería y escribir textos mejores, sino cómo hacer el periodismo de mañana, y eso necesariamente pasa por los editores y los dueños de medios. (…) no se necesita empezar con proyectos grandes y lujosos, y (que) de pronto, ante una realidad tan incierta, frente a una tecnología tan arrasadora y tan cambiante, hasta sea mejor, tal vez, empezar con proyectos muy modestos.
+ Lee el texto completo aquí.

Mientras tanto (1)


"—Era un trabajo miserable porque es como estar casado con una mujer rica que te mantiene y tú estás enamorado de otra. Tú eres un rebelde y voluntarioso y llega el cliente y te dice dónde pones las comas y tienes que decir que sí. Por eso me encargué escrupulosamente de nunca destacar mucho. Lo único que quería era sacar un dinerito mientras escribía mejor. Si quieres insultarme llámame publicista.

Soportó trabajar tres años en la agencia, y después se hizo freelance. Si iba a ser puta, mejor libre en su propia banqueta, que sujeto a las reglas del burdel. Ya le había tomado la medida al trabajo: iba a juntas con los clientes a que lo briefearan, llegaba a su casa, escribía lo necesario, "le jalaba al agua" y se iba al reventón rockero. Lo que cobraba era dinero malhabido, ganado a costillas de su sueño de escritor y se le quemaban las habas por gastarlo.

—En las juntas yo hacía un análisis del cliente. Iba calándolo exactamente como haría una puta, a ver qué le gustaba y cómo iba a acabar más pronto, para que viniera el siguiente. Si quería meter a su hija o a su mamá a la campaña, me daba igual. Terminaba, me hablaban para el reventón, y ahí te ves. "
Fragmento de Intrucciones para el juego de Xavier Velasco, entrevista realizada al escritor, por Emiliano Ruiz Parra para la revista Gatopardo, Febrero 2011.

PD: Feliz día del diseñador gráfico, y eso.