Mientras tanto (3)

julio 24, 2011 Maily Sequera 0 Comentarios

Fragmentos del texto de Alma Guillermoprieto, leído en la clausura del Foro Centroamericano de Periodismo 2011, organizado por el diario virtual El Faro. Vía: Revista Malpensante (n°120)

Nunca he sido de los que creen que el periodismo sirve para cambiar el mundo. Mi experiencia personal es más bien que el periodismo sirve para muy poca cosa. Después de ese viaje a Cinquera escribí puntualmente lo que ví y escuché (...) Con el tiempo fuimos cientos los periodistas que desde Nicaragua, desde El Salvador, desde Guatemala, describimos para el mundo atrocidades sin límite, día tras día, año con año, y ni se detuvieron las matanzas ni se paró la guerra, ni hubo un muerto menos como consecuencia de nuestro trabajo.

(…)

Déjenme aclarar, además, que tampoco creo que tenga obligación alguna de hacer, o ser, o creer, cualquier cosa. No creo que los intelectuales tengamos la obligación de dar testimonio de nuestro tiempo, ni los artistas la obligación de reflejar la realidad en su arte, ni siquiera los obreros la obligación de tener conciencia de clase. Ni los chicanos de hacer estudios chicanos ni los mexicanos de bailar el jarabe tapatío, ni las tamaleras de cocinar tamales enraizados en su auténtica tradición cultural. No soy militante, y creo firmemente en un periodismo alejado de todos los ismos. No creía lo mismo cuando llegué por primera vez a este país, por cierto. Es una convicción ganada a pulso. ¿Para qué, entonces, hacer periodismo? A falta de militancia y en ausencia de la obligación moral en abstracto, ¿por qué seguir en el oficio?

En mi caso personal, para satisfacer una curiosidad inagotable, para entender el mundo, o la porción del mundo que me ha sido dado ver, y para vivir una aventura maravillosa (…). Para mí –hablo solamente por mí–, una parte importante de esa aventura es el placer de la mirada, el placer del asiento en primera fila ante el gran teatro del mundo (…) Pero a esa mirada, que es quizá la principal herramienta de nuestro oficio, toca pulirla, refinarla, cultivarla, disciplinarla.

Voy a tratar de ser un poquito menos lírica y más clara(…) La objetividad no existe. Cada uno de nosotros llega al lugar de la reportería desde su propia historia, y llega con su propia personalidad, y con todos sus conocimientos, o falta de ellos, y todas sus ilusiones o prejuicios a cuestas. Lo que le transmitimos a nuestra lectora inevitablemente reflejará quiénes somos y de dónde venimos. (…) Entonces, para poder equilibrar, es importante saber quiénes somos, conocernos a nosotros mismos, reconocer los prejuicios y las pasiones con que salimos a reportear. No ser objetivos, puesto que es imposible, sino equitativos, y decir, implícitamente: “Lo que ustedes están leyendo no es la realidad, es mi experiencia de la realidad el día de hoy, y he tratado de presentarles, lo mejor que pude, una visión completa de ella”.

En lo que a veces llamamos crónica y otras veces narrativa no-ficción hay mucha más libertad para dejar clara nuestra presencia a través del uso de la ironía, de los adjetivos y los adverbios, del humor, de aquello que llamamos la voz de la autora –o sea, la manera característica en que narramos lo que nuestros ojos vieron– (…) Todo está en la voz, que algunos llamarían estilo, pero que yo prefiero llamar voz. El estilo parece una cosa superpuesta, adquirida, como un abrigo muy fashion, pero la voz refleja lo que somos y lo que sentimos.

(…) un buen editor sabe enseñar a sus reporteros a reírse de sí mismos con cariño y sin sacar sangre, y (que) los editores que se apasionan tanto como su autor por un texto son colaboradores indispensables de un buen reportaje. Y otra más: todos sabemos que en América Latina los buenos editores son más preciosos que un rubí y mucho más escasos. He aquí tal vez la gran ausencia que hay que suplir para lograr que el periodismo latinoamericano dé el gran salto hacia la madurez. Hacen falta grandes dueños de medios –dueños idealistas, apostadores, arriesgados, patriotas, inclaudicantes, sagaces, implacables, soñadores y buenos para la grilla–. Y hace falta que nombren editores de su mismo talante y que les den vía libre para hacer el periodismo del mañana. En papel o en virtual, poco importa el medio. (…) Aquí estamos todos discutiendo no solo cómo hacer mejor reportería y escribir textos mejores, sino cómo hacer el periodismo de mañana, y eso necesariamente pasa por los editores y los dueños de medios. (…) no se necesita empezar con proyectos grandes y lujosos, y (que) de pronto, ante una realidad tan incierta, frente a una tecnología tan arrasadora y tan cambiante, hasta sea mejor, tal vez, empezar con proyectos muy modestos.
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